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13Ene

Ahora Mornese vive en todo el mundo

No es nuestro propósito con estas líneas resumir todo lo acontecido durante estos cinco días de Verífica Trienal. Sería una tarea muy complicada y tediosa, y su lectura lo sería casi tanto. Sin embargo, sentimos la necesidad de testimoniar por escrito aquellas palabras, esas vivencias, que han hecho vibrar los corazones, convirtiéndose en experiencia serena del Espíritu.

“Aunque no estamos en Mornese, ahora Mornese vive en todo el mundo”.
Fueron las primeras palabras que retumbaron en nuestros oídos, y se convirtieron en nuestro lema particular de estas jornadas, compartidas por más de cien participantes: trece jóvenes, veintiún laicos, sesenta y siete FMA. Además, once hermanas del Consejo General, la Superiora de la nueva Visitaduría “Madre de la Iglesia”, Sor María del Carmen Canales, y la Madre General, Sor Yvonne Reungoat.
La Verífica ha sido una experiencia de Dios vivida juntos –FMA, jóvenes, seglares–, abiertos al Espíritu, disponibles para dejarnos encontrar por Aquel que nos ama y nos ha reunido. Cada mañana, las palabras de la Madre Yvonne nos transmitían la pasión por el Evangelio, por el Carisma Salesiano, por los jóvenes… Con este estímulo, el resto de la jornada -exposiciones, trabajos en grupo, momentos de oración,… – recuperaba una novedosa connotación: JUNTOS PARA SER PROFECÍA DE ESPERANZA.

Hemos subido con Jesús a la montaña, y también hemos bajado “al taller del alfarero”.
Conocemos las peculiaridades de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo invadido por muchos temores, hambriento y sediento de espiritualidad, que esconde una profunda necesidad de sentido. Pero, lejos de dejarnos abatir por el desánimo, podemos descubrir en él una gran oportunidad para la esperanza. Esta anemia espiritual que genera tristeza, aburrimiento y desaliento “solo se cura con un infinito amor”. Y nuestro estilo de vida, enraizado en Jesús, nos permite afrontar la cotidianeidad con confianza; nos hace entusiastas y acogedores.
Nuestra oración no invoca que descienda el pan del cielo para saciar el hambre. No alzamos los brazos para pedir soluciones a los problemas. Basta con compartir aquello que ya tenemos, “aunque solo sean cinco panes y dos peces”. Porque el Reino de Dios no es un territorio dominado por los verbos “tener, subir y mandar”, – verbos que causan rivalidad, odio y enemistad-, sino por “compartir, bajar y servir”.
Esta es la “revolución” que aporta Jesús, y este es el signo del Reino de Dios: un mundo habitado por hermanos que se aman y comparten todo aquello que son y tienen.
Nuestros fundadores, Don Bosco y Madre Mazzarello, lo entendieron muy bien. Su sueño es una Iglesia que parte de la periferia, que escucha la periferia, que cambia la mentalidad desde la periferia. Un sueño que se renueva en nosotros cuando vivimos una Iglesia en “salida”, cuando vivimos nuestro carisma en la Eucaristía como una completa y total pérdida de nosotros mismos en favor de todos los jóvenes. Ellos son nuestro campo predilecto, nuestra “tierra santa”. Son el corazón de nuestra misión. Y los jóvenes actualmente no necesitan nuevas promesas, sino personas que realmente confíen en ellos y caminen con ellos, enriqueciéndose recíprocamente.

“La confianza en los jóvenes cambiará el mundo”.
Sin pretender simplificar la realidad compleja de nuestra cultura, es preciso recordar que el principal capital humano en nuestra tarea son los mismos jóvenes. Ellos pueden ser misioneros en nuestras vidas, si tenemos el coraje de apostar por la confianza, si escuchamos sus dificultades y esperanzas… Y si les brindamos un ambiente que les permita experimentar el servicio, el compartir, el darse.
Este, principalmente, es el momento de la ESPERANZA, iluminada por el Espíritu Santo, con la certeza de que esta actitud forma parte de la esencia e identidad de nuestro carisma. Es el momento de PERDER JUNTOS EL MIEDO A CORRER RIESGOS, con el empeño de cimentar nuestra acción pastoral sobre la ternura y la confianza en los jóvenes.

Tenemos muchas razones para la esperanza.
No olvidemos que, precisamente a través de un joven que solo tenía cinco panes y dos peces llegó la salvación para tanta gente que seguía a Jesús sin tener nada para comer. Y Don Bosco y Madre Mazzarello comenzaron del mismo modo los orígenes de nuestra congregación.
Gracias por confiar en nosotros y darnos la oportunidad de compartir con vosotras el carisma y la esperanza en los jóvenes.

Grupo de Seglares CIEP participantes en la VERÍFICA TRIENAL