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Beata Laura Vicuña, 22 enero

Hoy celebramos un fruto de santidad del carisma salesiano. La santidad es un don, que nos hace el Señor Jesús, cuando nos toma consigo y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él.  El ejemplo de Laura Vicuña, muestra cómo Dios hace maravillas en el corazón de los jóvenes que abren la puerta de su corazón, y se dejan modelar por Él.

Como Laura, todos estamos llamados a la santidad que brota del encuentro profundo y sincero con Jesús. Nos acercamos a su historia en el día de su primera Comunión.

Ya iba a llegar el día señalado para su primera Comunión. Por la tarde del día 30 llegaba al pueblo su madre, para asistir a la ceremonia del día siguiente y participar de la dicha y felicidad de su querida Laura.

Aquella misma tarde la niña se confesó, y vuelta al colegio y pasado al locutorio donde estaba su madre esperándola, tiernamente conmovida, se arrojó entre sus brazos diciéndole: “Mamá, mañana haré mi primera Comunión, perdóneme todos los disgustos y todas las molestias que hasta ahora le he causado. En adelante seré el consuelo de su corazón”. Con tan afectuoso y humilde proceder, la madre se enterneció. Le imprimió un tierno beso en la frente, mientras de sus ojos se escapaba una lágrima.

Finalmente despuntó el día tan ansiosamente esperado. Vestida de blanco, coronada su frente con una corona de blancas rosas, llegaba nuestra pequeña a la iglesia. Con seriedad, con modestia y con porte sencillo… con extraordinario fervor, participó de la Eucaristía. Quién la hubiera contemplado de cerca, podía leer en su semblante el deseo ardiente de comulgar que la abrasaba. Finalmente, su corazón y su alma pudieron satisfacer sus deseos. Comulgó y quedó quedando sumida en dulce coloquio con Jesús.

Cuando más tarde se le recordaban aquellos preciosos momentos, su rostro y sus ojos se llenaban de alegría. Parecía que su corazón gustara de nuevo lo que en aquellos instantes había experimentado: «¡Qué momentos aquellos tan deliciosos!… Unida con Jesús, me acordé de todos. No me olvidé de nadie».

Ya muchas veces se había ofrecido a Dios, más en ese primer encuentro con Jesús, con nuevos y firme propósitos puso el sello a todas sus promesas anteriores, y trazó el plan general de su vida. Esto es lo que encierran los tres grandes propósitos de su primera Comunión.

    1. Quiero, Jesús mío, amarte y servirte durante toda mi vida; por eso te ofrezco toda mi alma, mi corazón y todo mi ser.
    2. Quiero morir antes que ofenderte con el pecado; y por eso quiero apartarme de todo lo que pueda separarme de Ti.
    3. Prometo hacer de mi parte cuanto sé y puedo, aun con grandes sacrificios, para que Tú seas siempre más conocido y amado, y para reparar las ofensas que todos los días Te infieren los hombres que no Te aman, especialmente las que recibes de los míos.

Con tales disposiciones no hay que extrañar, que esta joven en su corta vida dejara tras de sí un grato perfume de santidad.