Cerca de 80 niños, niñas y jóvenes vivieron una experiencia inolvidable junto a Fundación Mornese

Hacienda Barriche se llenó de risas, juegos, canciones y mucha vida. Cerca de 80 niños, niñas y jóvenes disfrutaron junto a Fundación Mornese de unos días de campamento en plena naturaleza, alejados de la rutina y compartiendo una experiencia que difícilmente olvidarán.

Desde primera hora de la mañana, cada jornada estuvo llena de momentos especiales. Hubo tiempo para jugar, bañarse en la piscina, participar en talleres, hacer deporte, disfrutar de las veladas nocturnas y, sobre todo, convivir. Cada actividad se convirtió en una oportunidad para conocerse mejor, hacer nuevas amistades y aprender a cuidar de quienes tenemos cerca.

El entorno natural de Hacienda Barriche fue también uno de los grandes protagonistas. Poder correr al aire libre, observar el paisaje, disfrutar del silencio y conectar con la naturaleza permitió que los participantes vivieran el verano de una forma diferente, más tranquila y cercana.

Pero un campamento es mucho más que un conjunto de actividades. Fueron las conversaciones antes de dormir, las bromas durante las comidas, los nervios antes de un juego, las canciones compartidas y las pequeñas ayudas que surgieron de manera espontánea. Fueron también los retos personales, como separarse unos días de la familia, compartir habitación o atreverse a participar en una actividad nueva.

Durante estos días se trabajaron valores como el respeto, la amistad, la responsabilidad, la autonomía y el trabajo en equipo. Valores que no se aprenden únicamente con palabras, sino que aparecen en cada gesto: al ayudar a un compañero, esperar un turno, animar a quien lo necesita o cuidar los espacios que compartimos.

El equipo de educadores, educadoras y personas voluntarias acompañó esta experiencia con una enorme entrega. Su cercanía, su paciencia y su entusiasmo hicieron posible que cada niño, niña y joven se sintiera acogido, escuchado y parte importante del grupo.

Para Fundación Mornese, este campamento supuso mucho más que unos días de vacaciones. Fue una oportunidad para regalar experiencias, abrir nuevos horizontes y ofrecer un espacio seguro en el que la infancia y la juventud pudieron disfrutar, aprender y sentirse queridas.

Cuando terminó el campamento, cada participante volvió a casa con la mochila llena de ropa, pero también de amistades, aprendizajes, risas y recuerdos que permanecerán mucho tiempo.

Porque, al final, los mejores momentos del verano no siempre se pueden guardar en una fotografía. Algunos se quedan para siempre en el corazón.