En la primera fiesta de Santa María Troncatti tras su canonización, recordamos el testimonio evangélico que nos dejó

Sucúa, Ecuador, 1965. En una postal dirigida a su hermana Catterina, Sor María Troncatti FMA (Corteno, 16 de febrero de 1883 – Sucúa, 25 de agosto de 1969), entonces de 82 años de edad y 43 de vida misionera, escribe: «Mira qué bien estoy… ¡Estoy cada vez más feliz de ser misionera!». Cuatro años después, el 25 de agosto de 1969, Sor María fallece en un accidente aéreo. Se había ofrecido como víctima por la reconciliación entre los Shuar y los colonos, tras haberse dedicado por completo al anuncio del Evangelio, a la promoción, al cuidado y a la educación de niños y niñas, así como de mujeres, hombres, enfermos, ancianos y familias.

Con motivo de su memoria litúrgica, la primera en la que será festejada como «santa», el mensaje de paz y perdón, de valentía y de iniciativa inspirado en el Evangelio y en el carisma salesiano de Santa María Troncatti es más actual que nunca.

Cuando Sor María es enviada como misionera en 1922, los Salesianos y las FMA ya llevaban varios años en Ecuador, pero no habían logrado establecerse en la Amazonía ecuatoriana. Sor María, otra FMA y una novicia llegan a Macas en diciembre de 1925, junto con un grupo de salesianos: la misión de la «madrecita buena» se expresa desde entonces de manera cada vez más incisiva.

En la Selva Amazónica, Sor María se encuentra con los Shuar, una etnia que habitaba una pequeña zona de Ecuador, atravesada longitudinalmente por la cordillera del Cutucú, áspera y densa en bosques, que con sus más de 2000 metros de altitud constituyó a lo largo de la historia, para los indígenas asentados en sus laderas orientales, una defensa natural contra la colonización de los «blancos». Los Shuar establecidos en la parte occidental, en el valle del Upano y del Paute, así como en el noroeste, en el valle del río Zamora más fácilmente entraban en contacto con los «blancos».

Es precisamente en esta zona más cercana al avance de la colonización donde se desarrolló la acción misionera de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora.

Sor María y los misioneros salesianos, al llegar allí, se encuentran con el imperativo absoluto de la venganza y del infanticidio, que eran ley para los Shuar de aquellos tiempos. Para ellos, la vida tenía como finalidad primaria lograr consumir la venganza. Incluso la educación de los niños proponía como sumo ideal convertirse en buenos guerreros y hábiles cazadores. Desde la más tierna edad, se impartía una verdadera educación para la venganza, a través de una escuela del odio. Al comienzo de cada día, el padre de familia, sentándose solemnemente en el kutangka o taburete patronal, decía: «Tengo hijos para que me venguen, este es el mayor de sus deberes». Por eso, sembrar terror a su alrededor y preparar al hijo para vengar al padre y a los antepasados constituía un punto de honor. Por el contrario, se consideraba cobarde al hijo que no vengaba a su padre. Vengar a un pariente asesinado es para el Shuar un deber «sagrado», para aplacar la ira y las maléficas reacciones de su espíritu errante sin descanso. Por este motivo, el estado de guerra entre los Shuar era una situación habitual: siempre había en cada familia alguna venganza que consumir.

Así se explica la costumbre de matar al recién nacido deforme, dado que no respondería al ideal de fuerza física y no sería autosuficiente. A menudo es el propio padre quien lo elimina arrojándolo contra las piedras de una ribera. La misma suerte se reservaba a los recién nacidos no deseados, como los adulterinos y los hijos de madre soltera, cuando no era la propia joven la expulsada de casa apenas se anunciaba su embarazo.

En el umbral del botiquín —pequeño sanatorio donde prestaba cuidados médicos— Sor María recibe a víctimas de envenenamiento, heridos, niñas y adolescentes que huían de pleitos familiares, mujeres golpeadas con hachas por maridos violentos o ebrios… y luego a los pequeños no deseados, los recién nacidos huérfanos por el envenenamiento de la madre. A estos «pequeños del Reino» les dirige un amor de predilección. Cuántos «rescates» realizó Sor María, con la colaboración de buenas colonas e incluso de jóvenes madres shuar ya catequizadas, es difícil de precisar, pero muchos, años después, se manifestaron como «parientes de Sor María».

El salesiano Don Giovanni Vigna, que tenía nociones de medicina, recuerda con admiración a Sor María y sus desvelos «obstinados» por curar los casos desesperados a base de remedios artesanales y de oración, con una confianza «ilimitada» en Dios. Y la describe mientras «llega a acuerdos» y «rescata» a las criaturas no aceptadas en las familias shuar, o destinadas a morir porque el hechicero no podía curarlas; para ellos Sor Troncatti no escatimaba oración, dedicación ni ningún cuidado posible».

Artesana de paz y de reconciliación, Sor María defiende la dignidad de la vida y de la persona. Su acción, junto con la de tantos misioneros, suscitaba hostilidad. Como todo discípulo del Señor Crucificado y Resucitado, acepta la lógica mesiánica: «Bienaventurados seréis cuando os insulten, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5, 3-12).

Cuenta una FMA que vivió con Sor María que el clima, sobre todo a partir de 1967, se caldeó: «Los colonos, incitados por algunos agitadores antirreligiosos, gritaban: «¡Abajo los curas y las monjas! ¡Hacedlos morir, hacedlos morir!», pero Sor María nos tranquilizaba con su serenidad habitual».

La noche del 4 de julio de 1969, un incendio destruye la misión salesiana. Para salvarse, los salesianos se ven obligados a saltar desde el balcón. Ante este hecho y en el clima de violencia de aquel periodo, Sor María decía: «Seré muy feliz de poder ofrecer mi vida para que la paz vuelva a esta población». Sufre mucho por la situación, reza y siembra serenidad. Los testimonios afirman que pedía a la Virgen María que aceptase su ofrenda para que cesara todo conflicto.

Testimonia una hermana de la comunidad: «Los Shuar de Sucúa comprendieron que la causa del incendio, indirectamente, eran algunos colonos. Fueron hacia Sor María con sus lanzas y carabinas declarando que si alguien le hacía daño, ellos actuarían contra los colonos. Y Sor María: «¡Os hemos enseñado a ser caritativos y a perdonar las ofensas. Si de verdad me amáis, poned vuestras armas a mis pies!». Fue así como el que guiaba el grupo gritó y todos depositaron las armas a los pies de la religiosa».

Las hermanas recuerdan las últimas palabras de Sor María: «Hijas, no tengáis miedo ni temor por todo lo que ha sucedido; dejémoslo en las manos de Dios y pidamos la conversión de los malhechores. ¡Permaneced en paz! Rezad a la Virgen Auxiliadora y veréis que esta inquietud no durará mucho: muy pronto llegará la tranquilidad y la calma, ¡os lo aseguro!».

El arcoíris que aparece el día de su funeral sella la paz restablecida. Ese arcoíris es el signo que Santa María Troncatti deja hoy al mundo herido por conflictos y violencias de todo tipo: la paz implica siempre la valentía evangélica del perdón y de la no violencia.

Fuente: Instituto FMA