Aquí y ahora: caminamos con mirada capitular, corazón misionero, espíritu peregrino y estilo preventivo.

Iniciamos el curso 2026-2027 con el corazón agradecido, disponible y lleno de confianza. No comenzamos simplemente una nueva eta­pa en el calendario: acogemos un tiempo de gracia, una llamada del Señor que vuelve a pasar por nuestra vida, por nuestras co­munidades y por cada una de nuestras presencias educativas. En este aquí y ahora, Dios nos sale al encuentro y nos invita a mirar la realidad con ojos creyentes, a escuchar con hondura lo que el Espíritu susurra en la historia y a reavivar juntas y juntos el fuego de la misión.

El camino hacia el Capítulo General XXV nos sitúa en actitud de escucha, discernimiento y corresponsabilidad. Nos sentimos lla­madas a caminar sinodalmente, no desde la prisa ni desde la mera organización, sino desde la profundidad de quien desea reconocer los pasos de Dios en la vida cotidiana. La programación del curso nace de estos deseos: cuidar la vida, fortalecer la comunión y hacer de cada ambiente una casa que acoge, que prepara para la vida, una comunidad que evangeliza.

Vivimos este curso en comunión con toda la Iglesia, peregrina y misionera, llamada a escuchar la voz de Dios en los jóvenes, en los pobres, en las comunidades, en las heridas de nuestro mun­do y también en los pequeños signos de esperanza que florecen cada día. Queremos ser presencia humilde y significativa, cercana y fraterna, capaz de sembrar paz, custodiar la vida y hacer visible el Reino.

También nos ilumina la memoria misionera de las primeras Hijas de María Auxiliadora que, hace casi 150 años, partieron desde Mor­nese hacia América, llevando en el corazón una llama sencilla y ardiente. Ellas no caminaron apoyadas en seguridades, sino soste­nidas por la confianza; no buscaron protagonismo, sino disponibi­lidad; no se quedaron mirando lo que faltaba, sino que se pusieron en camino con la audacia humilde de quien cree que el Evangelio puede transformar la vida. Su testimonio nos anima hoy a agrade­cer, repensar y relanzar nuestra vocación educativa y evangeliza­dora para que el carisma siga siendo respuesta viva a los sueños, heridas y esperanzas de la juventud.

En el horizonte del Año Santo Compostelano, nos reconocemos pe­regrinas y peregrinos de esperanza. El curso se nos presenta como camino: camino de conversión, de encuentro, de búsqueda com­partida y de fraternidad. Como quienes avanzan hacia una meta llevando solo lo esencial, queremos aprender a caminar ligeras de equipaje, a cuidar el paso de quienes van a nuestro lado, a soste­ner a quienes se cansan y a descubrir que también las etapas más exigentes pueden abrirnos a una presencia nueva de Dios.

Celebrar los 150 años del escrito de Don Bosco sobre el Sistema Preventivo nos devuelve al corazón de nuestra identidad educa­tiva: razón, religión y amabilidad. No queremos recordar solo una intuición pedagógica del pasado, sino dejar que vuelva a encender nuestra manera de estar entre los jóvenes. En medio de fragilida­des nuevas, búsquedas silenciosas y cambios profundos, el Siste­ma Preventivo nos invita a ser cercanas, a confiar en el bien que habita en cada persona, a acompañar con paciencia y a ofrecer un amor educativo que se hace concreto en detalles sencillos, pala­bras oportunas y presencia alegre.

Por eso, esta programación quiere ser mucho más que una planifi­cación. Desea expresar una fe compartida, un compromiso comu­nitario y una renovada pasión por la misión. En este aquí y ahora acogemos la llamada a abrir puertas y corazón, a ser artesanas y artesanos de paz, a crecer en humanidad, sensibilidad social y pro­fundidad evangélica, y a acompañar con presencia cercana para que cada joven, pueda descubrir que su vida es valiosa, que tiene un lugar en la casa y que Dios sueña con ella y con él.

Nos sostiene la promesa del Señor: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mt 28, 20). Esta certeza nos permite mirar el curso con confianza, audacia y esperanza. No caminamos solas ni solos. El Señor va delante, acompaña nuestros pasos, sostiene nuestras fra­gilidades y hace fecundo lo que entregamos con sencillez. Desde Él, acogemos la misión como don y tarea, como llamada a cuidar, educar, evangelizar y hacer de nuestras casas, espacios donde se respire vida, alegría y futuro.

Con María Auxiliadora, Madre y Maestra, que acompaña los caminos de la misión, iniciamos este curso poniendo en sus manos nuestras comunidades, nuestras obras, a cada educadora y educador, a cada familia y, de manera especial, a cada joven. Que Ella nos enseñe a escuchar, a custodiar la vida, a permanecer disponibles a la acción del Espíritu y a decir de nuevo nuestro “sí” allí donde la juventud nos espera.

Caminemos, pues, con mirada capitular, corazón misionero, espíri­tu peregrino y estilo preventivo. Que el curso 2026-2027 sea, para todas y todos, un tiempo de gracia, de comunión y de renovada pasión educativa; un tiempo para dejarnos tocar por Dios y para seguir haciendo visible, con humildad y alegría, la belleza del ca­risma salesiano en el corazón del mundo.

María Rosario Ten Soriano, FMA
Provincial

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