Cuando el corazón vence al miedo
Hay experiencias que se esperan durante meses y otras que, sin saberlo, terminan cambiando algo dentro de nosotros.
Cuando supe que el Papa León XIV visitaría Gran Canaria el pasado 11 de junio de 2026, mi primera reacción fue pensar que no iría. Imaginaba aglomeraciones, largas esperas y el cansancio de una jornada multitudinaria. Sentía que aquel ambiente me agobiaría demasiado. Hoy puedo decir que estaba equivocada. Quizá no era miedo a la gente, sino miedo a lo desconocido.
Desde el primer momento, la experiencia fue muy distinta a lo que había imaginado. Las parroquias que forman parte de la Unidad Pastoral Fuerteventura Sur nos unimos para compartir el viaje y, ya desde la salida, comenzó a sentirse algo especial. Durante el trayecto de ida, entre conversaciones, sonrisas y expectativas, descubrí que no iba sola. Éramos muchas personas diferentes, unidas por una misma ilusión. Escuchar las vivencias, los recuerdos y las emociones de quienes me acompañaban fue tan reconfortante como la propia celebración.
Madrugar mereció la pena. También la espera antes de que se abrieran las puertas del recinto y las horas previas al comienzo de la eucaristía. Lejos de la impaciencia que uno podría imaginar en un encuentro multitudinario, el ambiente estaba lleno de serenidad. Una vez dentro, todo cobró sentido.
Era la primera vez que veía al Papa en persona. También era la primera vez que un pontífice visitaba Canarias. Saber que su presencia en nuestras islas estaba motivada por una causa que mueve corazones, como es la realidad de la inmigración, hacía que aquel momento tuviera un significado aún más profundo.
Canarias, tierra de acogida y puente entre continentes, conoce de cerca el sufrimiento, la esperanza y la incertidumbre de quienes llegan buscando una vida mejor. La visita del Santo Padre fue un gesto de cercanía hacia todas esas personas y un recordatorio de que nadie debería sentirse invisible.
Ya sentados, rodeados de miles de personas, el silencio impresionaba. Era un silencio profundo, sereno y lleno de significado. Resultaba difícil creer que, entre tantas personas, reinara una calma tan absoluta. Solo se escuchaba el sonido de los asientos al levantarnos, cerrándose y chocando unos con otros durante los distintos momentos de la celebración. Aquel pequeño ruido rompía brevemente el silencio, pero al mismo tiempo lo hacía aún más visible.
La música, la solemnidad de la celebración y el profundo respeto que se respiraba dejaron una huella difícil de explicar con palabras. En medio de tanta gente, encontré paz. En lugar del agobio que temía, descubrí tranquilidad. En lugar del ruido, encontré silencio. En lugar de sentirme perdida entre la multitud, me sentí acompañada.
Hay momentos que no se pueden transmitir completamente con fotografías ni con vídeos. Hay experiencias que solo se comprenden cuando se viven. Y esta ha sido una de ellas.
Al regresar a casa, compartiendo también el viaje de vuelta con las personas de las distintas parroquias, comprendí que lo vivido iba mucho más allá de asistir a un acontecimiento histórico. Habíamos compartido una jornada de fe, de encuentro y de esperanza. A veces, las mayores bendiciones llegan precisamente allí donde antes habíamos puesto nuestros miedos.
Por eso, si algo me llevo de aquel día, además del recuerdo imborrable de la visita del Santo Padre, es la certeza de que abrirse a lo desconocido puede regalarnos experiencias que transforman el corazón. Porque hay momentos que se recuerdan. Y otros, como este, que permanecen para siempre.
Testimonio de Ana Hernández, catequista de la localidad de Pájara, en la Unidad Pastoral Fuerteventura Sur

