Junioras de uno a cuatro años de profesión participan en Polonia en un encuentro de fraternidad, formación y fe
Del 8 al 18 de agosto de 2026, Polonia acogió por primera vez el Encuentro Formativo de junioras de uno a cuatro años de profesión de la Conferencia Interinspectorial CIME. A las 42 participantes se unieron también algunas hermanas de África y de la India que estudian en Italia. Fueron diez días de formación, oración, fraternidad y encuentro, acompañadas por el equipo formativo, formado por sor Simona Bisin, sor María del Carmen García y sor Paulina Sasiak.
Desde los primeros momentos, las palabras de la nueva inspectora sor Halina Koćwin y de sor Małgorzata Pilarska, nos ayudaron a descubrir que habíamos llegado a una auténtica tierra de santos. Cada jornada había sido preparada con dedicación y cariño para ayudarnos a profundizar en la vida consagrada y en la espiritualidad salesiana, pero también para detenernos, escuchar, compartir y volver a mirar nuestra vocación con ilusión y profundidad.
Polonia se nos fue revelando como una tierra profundamente marcada por la historia y, al mismo tiempo, fecunda en testimonios de fe. Nuestro camino se entrelazó con la vida de grandes testigos de la Iglesia y de la Familia Salesiana: san Juan Pablo II, santa Faustina Kowalska, el beato mártir Jan Świerc y sus compañeros, los jóvenes beatos mártires polacos y la venerable Madre Laura Meozzi, pionera de las Hijas de María Auxiliadora en Polonia. Conocer el contexto de la Segunda Guerra Mundial y de la posguerra nos permitió comprender mejor la valentía y la fidelidad de las primeras hermanas que llegaron a estas tierras.
Las Lectio del padre Paweł, salesiano, nos ayudaron a redescubrir a María en diferentes momentos de su vida: la mujer de la Anunciación, la peregrina de la Visitación, la Madre de Misericordia al pie de la Cruz y la mujer atenta a las necesidades de los demás en Caná. Las intervenciones de sor Małgorzata Łukawska, FMA, nos permitieron profundizar también en el rostro mariano de Polonia y de nuestro Instituto, que nace, como recuerdan las Constituciones, «por un don del Espíritu Santo y con la intervención directa de María» (C 1).
Entre todos los testimonios, la figura de Madre Laura Meozzi ocupó un lugar especial. En Pogrzebień visitamos la casa donde vivió sus últimos años y donde murió, y nos acercamos a su tumba. Allí sor Teresa Czekała, FMA, que la conoció personalmente, compartió con nosotras el testimonio sencillo y cercano de su santidad cotidiana. En Madre Laura descubrimos una mujer que supo vivir con prontitud y solicitud amorosa, siempre dispuesta a salir al paso de las necesidades de los más pobres, de los huérfanos y de las hermanas que atravesaban dificultades. Su vida de escucha, entrega y fidelidad nos llevó también a preguntarnos cómo queremos vivir nuestro propio «sí» y qué huella deseamos dejar.
Visitamos también Wadowice, ciudad natal de san Juan Pablo II, donde experimentamos una vez más que la santidad no pertenece únicamente al pasado, sino que es posible también en nuestro tiempo. Y, como parte de la experiencia, pudimos degustar la famosa *kremówka*, el dulce preferido del Papa polaco.
Uno de los momentos más intensos fue la peregrinación a Częstochowa. Junto a otros peregrinos procentes de toda la diócesis, recorrimos los últimos diez kilómetros hasta el santuario. Caminar juntas se convirtió en una auténtica experiencia de Iglesia: una comunidad que avanza unida y que pone ante María, la Virgen Negra (La Madonna Nera), las necesidades, preocupaciones e intenciones de tantas personas.
Después de la oración ante el icono y de un momento de descanso en la casa de las FMA de Santa Bárbara, celebramos la Santa Misa presidida por el cardenal Grzegorz Ryś, arzobispo de Cracovia. En su homilía nos recordó que «Cristo siempre da inmensamente más de lo que recibe» y que” busca con cada persona una relación de cercanía e intimidad que transforma la fe en un verdadero camino de amor”.
También vivimos con especial intensidad la visita al Santuario de la Divina Misericordia. Todo allí invita a hacer silencio, a rezar y a dejarse envolver por la misericordia de Dios. Fue un momento para parar, mirar hacia dentro y poner en sus manos nuestra vida, nuestras inquietudes y nuestra vocación.
Pero uno de los grandes regalos de estos días ha sido, sin duda, la fraternidad. Encontrarnos como junioras de Europa, junto a hermanas de África y de la India, nos permitió compartir culturas, historias, alegrías, esperanzas, deseos y también las dificultades propias de los primeros años de la vida consagrada.
Descubrimos que nuestras diferencias no nos separan, sino que nos enriquecen. Detrás de lenguas, culturas, caracteres e historias diferentes encontramos un mismo corazón y un mismo deseo: seguir a Jesús como Hijas de María Auxiliadora.
Al regresar a nuestras comunidades llevamos mucho más que los recuerdos de un viaje. Llevamos nombres y rostros, sonrisas y abrazos, momentos de oración, experiencias compartidas y quizá también nuevas preguntas. Sobre todo, llevamos una renovada confianza y alegría en nuestra vocación.
Regresamos con el corazón agradecido por estos días y por todas las personas que hicieron posible el encuentro, con el deseo de renovar nuestro compromiso de ser, en comunidad y entre los jóvenes, «transparencia del amor de Dios y reflejo de la bondad materna de María» (C 14).
Autoría: Junioras de Europa

